Se siente el despertar

 Solo se necesita un atisbo de ira, un atisbo de furia para encender la llama de la fiera. Invocarla desde lo oscuro y soltarla. No es un reto, pero como cualquier desafio, puede tener consecuencias flamantes.

Sus caninos, afilados pero guardados detrás de las sonrisas, sus músculos de fibras en reposo esperando a la sangre circular. El olor, ese olor a desesperación que queda en el aire cuando una presa camina llamando la atención. Ese olor nauseabundo de cachorra en celo. Desde la sabiduría de lo alto y desde lo profundo de la caverna, se ve en la necesidad de salir, de ejercitarse. Hace las rondas a paso lento, estable, monitoreando con ojos asiáticos y pupilas angostas.

En sus ojos está el pasado de algunas de sus vidas. Recuerdos de ires y venires, de salidas exitosas y fallidas. Es difícil de enredar. Tiene el recuerdo de noches insaciables, de destrucción antigua, de caos regulado, detrás de la amabilidad. Tiene aún el sabor a sangre en la garganta que pide refrescar.

Se lee la advertencia al beberse las tazas de furia: ella es sutil, delicada, pero letal. Afila sus caninos, afila sus garras para volver a cazar. 

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