Pensé que la tierra me recordaría.
Me acogió con ternura en sus faldas oscuras y sus bolsillos llenos de musgo y semillas.
Dormí como nunca antes, con nada entre mi ser y el fuego blanco de las estrellas.
Dormí exhalando pensamientos hacia las ramas de los árboles
y fui cobijada por los espectros de las sombras -antiguos amigos- acariciada por el vaivén del viento.
Dormí escuchando a los insectos y las aves que reinan la oscuridad.
Dormí sabiendo que iba a despertar.
Dormí mil cuatrocientas setenta noches subiendo y bajando como si estuviera en el agua en medio de una fatalidad luminosa.
Pensé que la tierra me recordaría.
En la mañana me había desvanecido al menos 80 veces en algo mejor.