Callar

Estamos en el mismo lugar de nuevo. Tomando té y no café, porque sabés que es lo único que tomo. Nos confiamos los corazones rotos, historias que solo vivieron en la imaginación. Te veo derretido, soltando palabras, describiendo una imagen que dejó ser lo que nunca fue. Las personas que nunca serán lo que prometieron ser. A veces entro a tu mente por tu boca, absorbiendo tus historias para sentir lo que sentiste y besar a quienes besaste un último adiós.

Salimos a caminar en parques que muestran sus hojas de colores cambiantes cuando el viento sopla. El olor a mango y los periquitos cantando mientras la Sonora toca. A las 4:30 de la tarde se hace presente la inocencia del siempre, pero también del nunca. Confiando en el quizás e ignorando a los ausentes.

Hay miradas de ilusión y miradas distraídas en meditaciones redundantes, muy propias y tuyas. Miradas que empiezan en café y no en té, como un poema que escribiré. Al final dejan de ser lo que es y el silencio te ve crecer dentro de vos mismo. Huís, te escondés. Y yo lo sé.

Sin intención de corretearte, las calles se alargan y el tiempo también. Ya son las 6:00. Me quedo con la canción del momento, congelando el preciso instante de tu cara cuando lo encendés. Las calles parecen seguir derecho, la noche esperando el amanecer.

Regreso a la mesa, al mismo lugar de nuevo. Vos seguís tomando café. Te quedás con lo que no dijiste y me quedo con lo que no propusiste. Nos quedamos con las ganas de vernos hechos poder. Y es que si quisiéramos y esto fuera otro país, otro trago, otro bar, otra mirada, nos quedaríamos creando tormentas reconociendo que estamos obligados a vivir juntos una vida. Sea esta u otra.