Salimos a caminar en parques que muestran sus hojas de colores cambiantes cuando el viento sopla. El olor a mango y los periquitos cantando mientras la Sonora toca. A las 4:30 de la tarde se hace presente la inocencia del siempre, pero también del nunca. Confiando en el quizás e ignorando a los ausentes.
Hay miradas de ilusión y miradas distraídas en meditaciones redundantes, muy propias y tuyas. Miradas que empiezan en café y no en té, como un poema que escribiré. Al final dejan de ser lo que es y el silencio te ve crecer dentro de vos mismo. Huís, te escondés. Y yo lo sé.
Sin intención de corretearte, las calles se alargan y el tiempo también. Ya son las 6:00. Me quedo con la canción del momento, congelando el preciso instante de tu cara cuando lo encendés. Las calles parecen seguir derecho, la noche esperando el amanecer.
Regreso a la mesa, al mismo lugar de nuevo. Vos seguís tomando café. Te quedás con lo que no dijiste y me quedo con lo que no propusiste. Nos quedamos con las ganas de vernos hechos poder. Y es que si quisiéramos y esto fuera otro país, otro trago, otro bar, otra mirada, nos quedaríamos creando tormentas reconociendo que estamos obligados a vivir juntos una vida. Sea esta u otra.
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