Hoy renazco para mí,
luna nueva en mi raíz.Desde el centro donde ardo,
agua suave, fuego tardo,
soy mi cuerpa, soy leona,
mi latido, mi corona.
Aunque herida, estoy erguida,
en mi carne hay luz prendida.
Sigo viva, soy candela,
corazón que poco hiela.
Suelto espejos, suelto ajenos,
ya no cargo lo que trueno.
Mi valor viene de adentro,
de mi pulso, de mi centro.
Con un té que me sostiene,
un orgasmo que entretiene,
crema tibia en piel despierta,
mis poemas, puerta abierta
que se escriben tras la ducha
con el alma que se escucha.
He cargado demasiado:
me he sentido desplazada,
dada por sentada,
esperando en tierra quieta,
reducida a sombra leve,
como si no fuera flor,
ni panal,
ni bosque que se atreve.
Pero soy brote que insiste,
la raíz que no desiste,
soy sendero cuando amanece,
mi cuerpo florece y crece.
Hoy elijo lo que cuida,
la palabra que me anida.
Guardo fuerza, suelto carga,
mi silencio se propaga.
Ya no salvo, ya no explico,
ya no tenso lo que aplico.
Lo que pesa y me desgasta
lo devuelvo si arrastra.
Mi fuego es mío, es altar,
nadie viene a gobernar.
Lo protejo, lo despierto,
lo resguardo, lo mantengo.
Lo celebro, lo despierto.
Bailo sola, sin testigo,
sin patrón, ni piel, ni abrigo.
Bailo leve, bailo entera,
mi cadera se libera.
No es batalla mi cintura,
es tambor, arquitectura.
Cuerpo sin dueño,
ritual vivo, su diseño.
Vuelvo a mí cuando respiro,
cuando escribo lo que miro,
cuando los pasos en el camino
me devuelven a mi destino.
Cuando capto con la cámara:
una cara que me conmueve,
unas manos que admiro,
una flor torpe,
un edificio colorido,
al hombre que recoge frutas del árbol
sin saber
que ha sido visto.
Me vuelvo a mí
cuando suena el jazz,
cuando arde el palo santo,
cuando el agua me lame la espalda
y mi piel
y mi pelo
huelen a tierra
y a salvia.
Aunque herida, estoy erguida,
en mi carne hay luz prendida.
Sigo viva, soy candela,
corazón que poco hiela.
Suelto espejos, suelto ajenos,
ya no cargo lo que trueno.
Mi valor viene de adentro,
de mi pulso, de mi centro.
Con un té que me sostiene,
un orgasmo que entretiene,
crema tibia en piel despierta,
mis poemas, puerta abierta
que se escriben tras la ducha
con el alma que se escucha.
He cargado demasiado:
me he sentido desplazada,
dada por sentada,
esperando en tierra quieta,
reducida a sombra leve,
como si no fuera flor,
ni panal,
ni bosque que se atreve.
Pero soy brote que insiste,
la raíz que no desiste,
soy sendero cuando amanece,
mi cuerpo florece y crece.
Hoy elijo lo que cuida,
la palabra que me anida.
Guardo fuerza, suelto carga,
mi silencio se propaga.
Ya no salvo, ya no explico,
ya no tenso lo que aplico.
Lo que pesa y me desgasta
lo devuelvo si arrastra.
Mi fuego es mío, es altar,
nadie viene a gobernar.
Lo protejo, lo despierto,
lo resguardo, lo mantengo.
Lo celebro, lo despierto.
Bailo sola, sin testigo,
sin patrón, ni piel, ni abrigo.
Bailo leve, bailo entera,
mi cadera se libera.
No es batalla mi cintura,
es tambor, arquitectura.
Cuerpo sin dueño,
ritual vivo, su diseño.
Vuelvo a mí cuando respiro,
cuando escribo lo que miro,
cuando los pasos en el camino
me devuelven a mi destino.
Cuando capto con la cámara:
una cara que me conmueve,
unas manos que admiro,
una flor torpe,
un edificio colorido,
al hombre que recoge frutas del árbol
sin saber
que ha sido visto.
Me vuelvo a mí
cuando suena el jazz,
cuando arde el palo santo,
cuando el agua me lame la espalda
y mi piel
y mi pelo
huelen a tierra
y a salvia.
Gracias por quedarte aquí,
me susurro, pienso en mí.
Aunque duela, aunque queme,
hoy mi alma me sostiene.
Lo que echó raíz me honra,
lo que solté, ya no nombra.
Y aquí estoy:
sola,
pero llena.
Encendida.
Inabarcable.
Aún fiera
y florecida.
En agua
y en fuego,
renacida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario